30 de julio del 2010

Elecciones, ¿para qué?

Marzo 8, 2010 por Editor  
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En su editorial del 17 de agosto de 2004, el New York Times señalaba que el inesperado desenlace de aquel proceso electoral se produjo porque a la oposición venezolana le faltó “eficacia y realismo” a la hora de encarar el desafío que le presentaba Hugo Chávez.

Uno tiene ahora la impresión de que estamos a punto de cometer el mismo lamentable error de entonces.

Lo que primero salta a la vista es que buena parte de la oposición sigue negándose a reconocer la cruda realidad del momento político actual. En el fondo, un fenómeno perfectamente natural aunque a la larga muy costoso, porque siempre resulta mucho más cómodo y agradable verle el lado bueno a las cosas y repudiar a quien describa la realidad tal como es, por fea y desagradable que sea.

Esta banalidad, como todas las banalidades, ciertamente nos ayuda a conciliar el sueño. Mañana ya veremos, como solía repetir Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó para no pensar hoy lo que pudiera ocurrir al día siguiente. En nuestro caso, porque resulta evidente que el dramático deterioro del régimen ha colocado finalmente a Chávez a merced de un voto castigo que desde todo punto de vista parece irreversible.

Porque podrá visitar todos los barrios del país, encadenar la nación durante varias horas cada día, gastar de ahora en adelante los recursos financieros que tiene y los que no tiene, pero de ninguna manera podrá tergiversar la verdad.

Y porque, a fin de cuentas, los números de la economía, el imperio del hampa y el colapso de todos los servicios públicos no mienten. Hasta el más idiota de los idiotas comprende, más allá de cualquier duda, que el porvenir que se les presenta a los venezolanos es de echar a correr.

¿De qué sirve, pues, no querer ver lo que está a la vista? En otras palabras, ¿es posible creer que la desmesura del fracaso de Chávez es consecuencia de la simple aplicación de políticas públicas equivocadas? ¿Que de veras bastará con modificar la composición de la Asamblea Nacional para promover una agenda legislativa que a su vez obligue a Chávez a doblar la cerviz y entrar por el angosto aro democrático de la mesura y la moderación? ¿O será acaso, como todavía piensan algunos, que el problema Chávez se limita al hecho de haber dejado a un elefante suelto en una cristalería? ¿No será que su gestión presidencial responde más bien al proyecto político cubano, no sólo políticamente autoritario, sino totalitario en el sentido más estricto del concepto, es decir, en su ambición de negar absolutamente la existencia del otro o, peor aún, de negar el derecho del otro de existir fuera de la hermética esfera de su poder sobre la vida y las riquezas materiales o espirituales, públicas y privadas del país? ¿Todo consistirá, ilusión gatopardiana del pasado, en cambiar algunas cosas para que todo siga igual, o de cambiarlo todo, no de forma sino de fondo? Valga decir, ¿ganar las elecciones para tener una buena representación parlamentaria, como si viviéramos en un mundo casi perfecto, o ganarlas para salir de Chávez y cambiar de régimen, derecho esencial de la alternancia democrática que Chávez descalifica como un acto golpista para confundir y silenciar a la oposición? Por supuesto, el camino conduce a la convocatoria electoral, pero no mansamente, ni siquiera bajo protesta, sino a sabiendas del elevado precio que tendremos que pagar todos para alcanzar la recompensa suprema de devolverle la democracia a Venezuela.

Decía Sigmund Freud en el primer párrafo de uno de sus ensayos más brillantes, El malestar de la cultura, que “no podemos eludir la impresión de que el hombre suele aplicar cánones falsos en sus apreciaciones, pues mientras anhela para sí y admira en los demás el poderío, el éxito y la riqueza, menosprecia, en cambio, los valores genuinos que la vida le ofrece”. De eso, y sólo de eso se trata.

Vayamos a las elecciones, pero no sólo para devolverle su autonomía al Poder Legislativo. Mucho menos para que el concepto práctico de la unidad se transforme en campo de batalla donde los precandidatos diluciden sus ambiciones más personales y mezquinas a cañonazos. Vayamos a las elecciones, pero con “eficacia y realismo” y entendiendo esa decisión como un valor genuino y revolucionario por el que vale la pena luchar hasta el final, sin tener en cuenta el éxito ni las consecuencias. A sabiendas de que seguir jugando de acuerdo con las excluyentes reglas de Chávez equivale a asumir la muy triste posición, así sea desde un escaño de diputado, de resignarnos a ver cómo el nuevo Poder Comunal en formación le usurpa su papel a la Asamblea Nacional. Y les arrebata a los venezolanos lo poco que aún nos queda de democracia.

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